El 2 de septiembre se celebra el Día de Ceuta, una fecha en la que se conmemora el nombramiento de Pedro de Meneses como primer gobernador de la ciudad, después de la conquista portuguesa de 1415. Según la tradición, cuando Juan I de Portugal le preguntó si sería capaz de defender Ceuta, Meneses respondió que le bastaría una vara de acebuche. Cinco siglos después, aquel símbolo vuelve a adquirir significado. aunque quizá convendría preguntarnos qué significa hoy defender Ceuta y, sobre todo, desde dónde y cómo queremos hacerlo.
Ceuta no debería ser presentada exclusivamente como una frontera
amenazada, sino como una ciudad con una historia, una identidad y una
realidad humana propia. Es una ciudad mediterránea, africana y
profundamente vinculada a Andalucía por el Estrecho, por la historia,
por los intercambios humanos y culturales y por una geografía que nunca
ha entendido demasiado de las fronteras políticas que después hemos
trazado sobre los mapas. Desde cualquier balcón andalú, Ceuta no puede
reducirse a un problema fronterizo ni convertirse en el escenario
permanente de una batalla partidista. Es por ello, que resulta muy
preocupante que una cuestión tan delicada como la llegada de personas
migrantes se convierta, una vez más, en un instrumento de confrontación
política. El Partido Popular ha decidido convocar y respaldar las concentraciones
convocadas para el 2 de septiembre y utilizarlas como una oportunidad
para responsabilizar al Gobierno, mientras desde algunos sectores se
insiste en hablar de «invasión».
El Gobierno ha cometido errores y debe responder por ellos, pero señalar
esos errores no debería llevarnos a convertir a quienes llegan en el
enemigo. Quienes aparecen al final de esta cadena de acontecimientos
suelen ser, precisamente, quienes menos capacidad tienen para decidir
sobre ella: personas que huyen de la pobreza, de la guerra o de la
desesperación y que, en demasiadas ocasiones, terminan siendo utilizadas
por quienes sí tienen poder.
Ahí es donde deberíamos ampliar la mirada . Lo que sucede en Ceuta no
puede comprenderse únicamente mirando hacia el otro lado del Estrecho,
sino también mirando al Mediterráneo, a Gaza, a Irán, a Venezuela y a un
escenario internacional en el que las grandes potencias vuelven a
disputar recursos, territorios y áreas de influencia mientras Europa
demuestra una preocupante incapacidad para construir una política
exterior verdaderamente propia. Mientras nosotros discutimos sobre quién
llega a Ceuta, otros deciden sobre petróleo, guerras, alianzas y estrategias geopolíticas, y demasiadas veces quienes terminan pagando
las consecuencias son precisamente los que menos responsabilidad tienen.
Desde Andalucía deberíamos ser capaces de mirar este asunto de otra
manera. El Estrecho no es solamente una línea que separa dos mundos,
sino también un espacio que los conecta. Andalucía ha vivido
históricamente mirando hacia el Mediterráneo y hacia el norte de África,
y nuestra cultura, nuestra historia y nuestra identidad no pueden
entenderse al margen de ese vínculo. Por eso desde el andalucismo no aceptamos que Ceuta se convierta en una simple pieza de la confrontación
política nacional, ni que el sufrimiento de las personas migrantes sea
utilizado como argumento electoral.
Necesitamos una mirada internacionalista que sea capaz de hablar de las
causas y no solamente de las consecuencias; de las guerras, de la
desigualdad, de los intereses económicos, de las responsabilidades de las grandes potencias y de una Europa que con demasiada frecuencia
responde a los desplazamientos humanos preguntándose cómo impedir que
lleguen, en lugar de preguntarse por qué millones de personas se ven obligadas a abandonar sus hogares. No se trata de negar los problemas
que existen en Ceuta ni las dificultades que tiene cualquier ciudad para
gestionar una situación migratoria compleja. Se trata de no confundir la gestión de una realidad con la deshumanización de quienes la protagonizan.
Quizá por eso la vieja historia de la vara de acebuche pueda servirnos
hoy para algo más que para recordar una fecha. Siendo un árbol humilde,
típico de nuestra tierra y fuerte para sobrevivir en condiciones difíciles y adversas. Tal vez esa sea una metáfora mucho más útil que la
de una vara para golpear: la de unas raíces que nos recuerden que Ceuta
forma parte de ese Mediterráneo que une, que Andalucía no puede ser
indiferente ante lo que sucede al otro lado del Estrecho y que la
defensa de la dignidad de una ciudad no puede construirse sobre la
deshumanización de quienes llegan a ella.
Y por eso, perdonadme, pero no voy a ir a la puerta del Ayuntamiento a
participar en otra escenificación de la confrontación. Si alguna vez me
veis allí, será con otra bandera. Con una bandera andaluza y con las
mismas reivindicaciones que deberían ocupar nuestras plazas y nuestros
ayuntamientos: vivienda para la gente de aquí, empleo digno, más solidaridad, menos turistificación, más sanidad
pública, más educación pública y más derechos para quienes viven y
trabajan en nuestros barrios. Será para reclamar una administración que
esté al servicio de la gente y no para aceptar recortes, desigualdades y
políticas que terminan expulsando a quienes no pueden pagar la ciudad que otros quieren construir. Y será, también,
para decirle al Ayuntamiento, a la Junta de Andalucía y a quienes
gobiernan desde el Partido Popular y Vox que Andalucía no necesita más
confrontación ni más enemigos: necesita derechos, servicios públicos,
dignidad y un futuro que no se venda al mejor postor.
El 2 de septiembre, yo seguiré prefiriendo otra bandera. La de una Andalucía que no necesita señalar al que llega para defender al que está, porque sabe que los derechos no se
defienden quitándoselos a otros. Una Andalucía que mira al Mediterráneo
sin miedo, que entiende que Ceuta no es solamente una frontera sino
también una parte de nuestra historia y que sabe que, en estos tiempos
de guerras, desigualdades e intereses de grandes potencias, mantenerse en pie significa no renunciar a la dignidad, a la solidaridad y a los derechos de todos.
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