lunes, 31 de agosto de 2026

La vara de acebuche

    El 2 de septiembre se celebra el Día de Ceuta, una fecha en la que se conmemora el nombramiento de Pedro de Meneses como primer gobernador de la ciudad, después de la conquista portuguesa de 1415. Según la tradición, cuando Juan I de Portugal le preguntó si sería capaz de defender Ceuta, Meneses respondió que le bastaría una vara de acebuche. Cinco siglos después, aquel símbolo vuelve a adquirir significado. aunque quizá convendría preguntarnos qué significa hoy defender Ceuta y, sobre todo, desde dónde y cómo queremos hacerlo.

    Ceuta no debería ser presentada exclusivamente como una frontera amenazada, sino como una ciudad con una historia, una identidad y una realidad humana propia. Es una ciudad mediterránea, africana y profundamente vinculada a Andalucía por el Estrecho, por la historia, por los intercambios humanos y culturales y por una geografía que nunca ha entendido demasiado de las fronteras políticas que después hemos trazado sobre los mapas. Desde cualquier balcón andalú, Ceuta no puede reducirse a un problema fronterizo ni convertirse en el escenario permanente de una batalla partidista. Es por ello, que resulta muy preocupante que una cuestión tan delicada como la llegada de personas migrantes se convierta, una vez más, en un instrumento de confrontación política. El Partido Popular ha decidido convocar y respaldar las concentraciones convocadas para el 2 de septiembre y utilizarlas como una oportunidad para responsabilizar al Gobierno, mientras desde algunos sectores se insiste en hablar de «invasión».

    El Gobierno ha cometido errores y debe responder por ellos, pero señalar esos errores no debería llevarnos a convertir a quienes llegan en el enemigo. Quienes aparecen al final de esta cadena de acontecimientos suelen ser, precisamente, quienes menos capacidad tienen para decidir sobre ella: personas que huyen de la pobreza, de la guerra o de la desesperación y que, en demasiadas ocasiones, terminan siendo utilizadas por quienes sí tienen poder.
 

    Ahí es donde deberíamos ampliar la mirada . Lo que sucede en Ceuta no puede comprenderse únicamente mirando hacia el otro lado del Estrecho, sino también mirando al Mediterráneo, a Gaza, a Irán, a Venezuela y a un escenario internacional en el que las grandes potencias vuelven a disputar recursos, territorios y áreas de influencia mientras Europa demuestra una preocupante incapacidad para construir una política exterior verdaderamente propia. Mientras nosotros discutimos sobre quién llega a Ceuta, otros deciden sobre petróleo, guerras, alianzas y estrategias geopolíticas, y demasiadas veces quienes terminan pagando las consecuencias son precisamente los que menos responsabilidad tienen.

Desde Andalucía deberíamos ser capaces de mirar este asunto de otra manera. El Estrecho no es solamente una línea que separa dos mundos, sino también un espacio que los conecta. Andalucía ha vivido históricamente mirando hacia el Mediterráneo y hacia el norte de África, y nuestra cultura, nuestra historia y nuestra identidad no pueden entenderse al margen de ese vínculo. Por eso desde el andalucismo no aceptamos que Ceuta se convierta en una simple pieza de la confrontación política nacional, ni que el sufrimiento de las personas migrantes sea utilizado como argumento electoral.

Necesitamos una mirada internacionalista que sea capaz de hablar de las causas y no solamente de las consecuencias; de las guerras, de la desigualdad, de los intereses económicos, de las responsabilidades de las grandes potencias y de una Europa que con demasiada frecuencia responde a los desplazamientos humanos preguntándose cómo impedir que lleguen, en lugar de preguntarse por qué millones de personas se ven obligadas a abandonar sus hogares. No se trata de negar los problemas que existen en Ceuta ni las dificultades que tiene cualquier ciudad para gestionar una situación migratoria compleja. Se trata de no confundir la gestión de una realidad con la deshumanización de quienes la protagonizan.

Quizá por eso la vieja historia de la vara de acebuche pueda servirnos hoy para algo más que para recordar una fecha. Siendo un árbol humilde, típico de nuestra tierra y fuerte para sobrevivir en condiciones difíciles y adversas. Tal vez esa sea una metáfora mucho más útil que la de una vara para golpear: la de unas raíces que nos recuerden que Ceuta forma parte de ese Mediterráneo que une, que Andalucía no puede ser indiferente ante lo que sucede al otro lado del Estrecho y que la defensa de la dignidad de una ciudad no puede construirse sobre la deshumanización de quienes llegan a ella.

Y por eso, perdonadme, pero no voy a ir a la puerta del Ayuntamiento a participar en otra escenificación de la confrontación. Si alguna vez me veis allí, será con otra bandera. Con una bandera andaluza  y con las mismas reivindicaciones que deberían ocupar nuestras plazas y nuestros ayuntamientos: vivienda para la gente de aquí, empleo digno, más solidaridad, menos turistificación, más sanidad pública, más educación pública y más derechos para quienes viven y trabajan en nuestros barrios. Será para reclamar una administración que esté al servicio de la gente y no para aceptar recortes, desigualdades y políticas que terminan expulsando a quienes no pueden pagar la ciudad que otros quieren construir. Y será, también, para decirle al Ayuntamiento, a la Junta de Andalucía y a quienes gobiernan desde el Partido Popular y Vox que Andalucía no necesita más confrontación ni más enemigos: necesita derechos, servicios públicos, dignidad y un futuro que no se venda al mejor postor.

El 2 de septiembre, yo seguiré prefiriendo otra bandera. La de una Andalucía que no necesita señalar al que llega para defender al que está, porque sabe que los derechos no se defienden quitándoselos a otros. Una Andalucía que mira al Mediterráneo sin miedo, que entiende que Ceuta no es solamente una frontera sino también una parte de nuestra historia y que sabe que, en estos tiempos de guerras, desigualdades e intereses de grandes potencias, mantenerse en pie significa no renunciar a la dignidad, a la solidaridad y a los derechos de todos.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Totus

Con guasa, pero en serio

Totus, Juanma, es lo que viene a la mente como trabajador por cuenta propia y tras una jornada de trabajo con mareos y vértigos provocados por un tirón cervical trabajando. Imposible abandonar el puesto porque, si cierra, no trabaja. Tras cerrar, al médico del tirón, pero sorpresa, el médico está de vacaciones, no hay sustituto, solo uno y de urgencias. Es 21 de agosto, después de pasar la mañana trabajando y sin haber comido a las cuatro de la tarde, cuestión importante hasta para un presidente del gobierno, la solución es sencilla: «Tómate un cafelito y vuelve a las seis y media».

Totus muertoh...


Y no es solo agosto. Una trabajadora con un problema de espalda que puede pasar meses esperando al especialista, mientras la mutua, la sanidad privada y la pública se pasan informes, resonancias y derivaciones de unas manos a otras. El paciente, mientras tanto, sigue esperando y acumulando meses de baja.

Una sanidad pública que debería solucionar problemas termina convirtiéndose en una carrera de obstáculos. Y quien puede, acaba pagando un seguro privado para intentar conseguir por otra vía lo que el sistema público no le proporciona a tiempo. Hasta que lo usas demasiado y te mandan a paseo. 

Que nadie confunda el problema: no son los médicos que se van de vacaciones, ni las enfermeras que atienden saturadas, ni los trabajadores sanitarios. Ellos también tienen derecho a descansar y trabajan muchas veces en condiciones imposibles.

El problema es político. Es de gestión, de planificación y de prioridades.

Porque un Gobierno andaluz que presume de una sanidad magnífica y una prioridad nacional, debería explicar por qué un ciudadano con una urgencia tiene que esperar días para ser atendido, por qué un especialista puede tardar meses y por qué tantas personas terminan recurriendo a la privada para recibir una atención que ya han pagado con sus impuestos.

Y sí, también hay una responsabilidad ciudadana. Dan ganas de invertir el totus Juanma y dirigirlo hacia aquellos que dieron su confianza al tal Juanma, ese que con cara de tonto te quita la sanidad, la educación, los servicios de emergencias, los forestales y cualquier servicio público digno de concertar o exprimir de forma privada para sus amiguetes y allegados. 

Y todo porque nos acordamos de Juanma Moreno, del PP o de Vox cuando enfermamos. Pero las políticas también se votan. Y cuando se vota, convendría recordar quién está defendiendo una sanidad pública fuerte y quién está permitiendo que se deteriore o la deterioró.

Así que no: no es cuestión de «cagarse en los muertos» de nadie.

Es cuestión de mirar alrededor, ver cómo está funcionando nuestra sanidad y preguntarnos si esto es realmente lo que queremos.

Porque cuando enfermar se convierte en una gymkana administrativa, cuando la solución es «tómate un cafelito y vuelve», y cuando para que te atiendan a tiempo necesitas pagar aparte…Totus muertos.

jueves, 20 de agosto de 2026

Los desprecios

Con guasa, pero en serio

TelePuertoTV
Jueves, 20 de agosto de 2026

Pasó la resaca del 11 de agosto y, como cada año, aparece el ritual. No falla. Se recuerda el asesinato de Blas Infante a manos de los golpistas y salen los de siempre a explicarnos que, en realidad, el problema de Blas Infante es que era musulmán. O que quería serlo. O que quería imponer la sharia. Este año toca lo de que «quería convertirse al islam». Mañana ya veremos.




Lo curioso es que quienes dicen defender la Historia suelen llevarse bastante mal con los historiadores. Manuel Ruiz Romero y otros investigadores llevan años desmontando ese bulo: no existe evidencia documental de que Blas Infante se convirtiera al islam. Su interés por Al-Mutamid y por Al-Ándalus formaba parte de su búsqueda de las raíces históricas de Andalucía.

Pero, claro, eso no interesa.

Porque entonces habría que hablar del Blas Infante real.

Del que defendía a los jornaleros y sufría viendo cómo volvían del tajo. Del que hablaba de la tierra y de la justicia social. Del republicano federal. Del que defendía el reconocimiento de los pueblos sin convertirlos en enemigos. Del humanista que incluso dejó en sus fábulas una preocupación por los animales y la naturaleza. Del que rechazaba los exclusivismos y entendía Andalucía desde una perspectiva solidaria.

Ese Blas Infante es bastante más difícil de caricaturizar.

Por eso hay que reducirlo.

Que si musulmán. Que si la sharia. Que si Al-Ándalus. Que si no sé qué.

Todo menos hablar de su pensamiento.

Todo menos reconocer que su andalucismo no era excluyente. Que quería una Andalucía libre dentro de una España federal. Que entendía la identidad de los pueblos desde la fraternidad y no desde el enfrentamiento. Por Andalucía, por España y por la Humanidad.

Y quizá ahí esté la razón de tanto desprecio.

El PSOE ya se encargó durante años de convertir el andalucismo en una postal folclórica: mucho Blas Infante en los discursos y bastante poco de Blas Infante en las políticas.

Y a la derecha —y a sus alrededores, incluidos los que dicen no ser ni de derechas ni de izquierdas, (facha complejado)— le resulta mucho más cómodo combatir una caricatura que enfrentarse a lo que realmente defendía. Hablar de concordia resulta más sencillo cuando la concordia sirve para no hablar de desigualdad, de jornaleros, de tierra o de quién tiene y quién no tiene. Y de paso, siempre queda bien sacar la meritocracia: esa maravillosa teoría en la que algunos empiezan la carrera con el patrimonio de papá en la cuenta corriente.

Porque el problema no es que Blas Infante mirase a Al-Ándalus.

El problema es que miraba a Andalucía.

Y la quería con tierra, con libertad, con justicia social, con dignidad y con capacidad para decidir.

Por eso cada año vuelve el desprecio.

Primero lo fusilaron.

Ahora intentan volver a fusilarlo con bulos.

Para que no consigan matarlo dos veces.

jueves, 13 de agosto de 2026

Andaluces: Franco ha vuelto

Con guasa pero en serio

No hacen falta uniformes ni militares en el Gobierno andaluz para reconocer determinadas formas de entender el poder. Basta con mirar lo que está ocurriendo: derecha política, intereses económicos, grandes empresas y viejo nacionalcatolicismo vuelven a caminar de la mano.



Primero eliminaron impuestos a las grandes fortunas, como el de Sucesiones, y se redujo la presión sobre los patrimonios más elevados. Después llegaron más conciertos con la educación y la sanidad privadas, mientras se facilita el desarrollo inmobiliario en las zonas de mayor renta.

Y cuando ya se ha hecho buena parte del trabajo para las grandes empresas y las clases sociales más altas, a la población se le reserva otro papel: consumir, endeudarse y aceptar la pérdida progresiva de derechos y servicios públicos. El último paso es el expolio de las propias instituciones públicas: convertir lo que es de todos en una oportunidad de negocio para unos pocos, cosa que ya hicieron en el Estado español el PSOE y el PP con empresas públicas como Endesa o Telefónica.

Ahora toca adelgazar lo público en las comunidades: menos trabajadores, más asesores, más cargos de confianza y más sueldos para los de arriba. Después vendrá lo de siempre: «lo público no funciona» y, por tanto, habrá que privatizar, básicamente lo que están haciendo con la sanidad y la educación.

Por otra parte, las últimas decisiones del Gobierno de Juanma Moreno y del PP andaluz dejan una imagen difícil de ignorar: mientras la nueva Junta PP-Vox eleva a 314 los altos cargos, con un coste estimado de 2,5 millones de euros más que en la legislatura anterior, 77 altos cargos cobraron 390.354 euros en indemnizaciones por vivienda solo en el primer trimestre de 2026. En Sevilla, además, se ha nombrado a un hombre, Emmanuel Toro, vinculado a Nuevas Generaciones del PP, como responsable provincial del Instituto Andaluz de la Mujer.

Todo esto aumenta el temor creciente a un debilitamiento de los servicios públicos: la cesión a Vox de competencias sobre violencia de género ha generado advertencias sobre posibles recortes en las unidades de valoración y asistencia a víctimas. Mientras aumentan los puestos políticos y sus costes, crece la preocupación por el futuro de la sanidad, la educación y las políticas sociales andaluzas.

Sanidad, educación, dependencia, vivienda, servicios sociales… Derechos conquistados durante décadas, convertidos en oportunidades de negocio. Quien pueda pagarlos tendrá servicios; quien no, esperará.

No vivimos en 1940. «Franco ha vuelto» no significa que haya regresado literalmente la dictadura. Significa que algunas de sus viejas lógicas —autoridad, desigualdad, poder concentrado, desprecio por determinadas políticas sociales— vuelven a encontrar espacio.

Franco no necesita volver con uniforme.

Puede volver con traje, hablando de libertad, eficiencia y mercado.

Y quizá ese sea precisamente el peligro.

viernes, 7 de agosto de 2026

El honor no se exige, se merece

"Con guasa, pero en serio" 

Juaky Bellido para TV Puerto 


Algunos políticos creen que el honor se defiende enviando a los abogados. Yo sigo pensando que el honor se protege gobernando bien.

El honor no es un escudo contra la crítica. Es el resultado de una trayectoria. Se construye con transparencia, con ejemplaridad y con respeto hacia quienes, con razón o sin ella, opinan sobre la gestión de quien administra lo que es de la ciudadanía.

En los últimos días hemos visto cómo un guía turístico denunciaba públicamente el abandono de edificios municipales, la suciedad en enclaves patrimoniales y el deterioro de la imagen que ofrece El Puerto a quienes nos visitan. En lugar de anunciar medidas para comprobar esos hechos o corregirlos, la respuesta fue la amenaza de acciones legales y el anuncio de que ya se habían localizado sus datos personales.

Ese episodio debería preocuparnos a todos. Porque cuando un gobernante responde antes al mensajero que al mensaje, algo empieza a fallar en la calidad democrática. Recuerda a tiempos de oscuridad, temor y amenazas. Vamos a dejarlo ahí, que algunos están deseando lo más mínimo para que la defensa sea la de «estos rojos siempre acuden al pasado».

   Imagen: huffpost


La crítica no es un delito. Es una consecuencia inevitable del ejercicio del poder. Quien gobierna no puede pretender recibir únicamente aplausos. También debe aceptar las preguntas incómodas y las denuncias ciudadanas, especialmente cuando afectan al patrimonio público, a la limpieza o a la imagen de la ciudad.

A ello se suman otras cuestiones que siguen formando parte del debate público y sobre las que numerosos vecinos continúan esperando explicaciones. Las controversias sobre determinados viajes, las distintas versiones ofrecidas sobre su financiación o cualquier otra actuación pública no se despejan invocando el honor. Se despejan con transparencia, con papeles y con las pruebas que, por cierto, tanto gustan a los abogados. Sin papeles no hay ná.

Y después está la política. Cada homenaje, cada incorporación a una candidatura y cada persona de la que uno decide rodearse hablan tanto como cualquier discurso. También ahí se mide la credibilidad de un gobernante. Que un referente sea Hernán Díaz Cortés ya lo dice todo.

El honor, por tanto, no se proclama, no se decreta, no lo otorga un cargo ni una mayoría absoluta. El honor se gana cada día cuidando el patrimonio antes que la propia imagen. Se gana antes de amenazar y cuando se responde con hechos y no con intimidaciones. Se gana cuando el servicio público está por encima del orgullo personal.

Al final, el mejor abogado de un alcalde siempre será una ciudad mejor gestionada, aunque siempre quedará la Mastercard para que ciertos digitales sigan pintando de color una gestión gris, tirando a color mierda.

domingo, 2 de agosto de 2026

A usted no le incumbe

"Porque la legalidad no puede convertirse en un acto de fe"


Últimamente da la sensación de que la democracia ha cambiado de reglas. Antes, cuando aparecían dudas sobre la gestión del dine

ro público, se respondía con explicaciones. Ahora, demasiadas veces, se responde acusando de persecución a quien pregunta.

Y no, no es lo mismo.

Preguntar no es condenar. Opinar no es sentenciar. Para eso están los juzgados, que determinarán, si llega el caso, si alguien ha cometido o no algún delito. Pero entre una sentencia y el silencio existe un espacio irrenunciable en democracia: el pensamiento crítico.

Los ciudadanos no estamos obligados a suspender nuestro juicio hasta que un juez hable. Tenemos derecho a preguntarnos por qué unas empresas obtienen determinados contratos, por qué determinadas circunstancias llaman la atención o por qué las explicaciones oficiales se reducen, una y otra vez, a un tranquilizador "todo es legal".

Porque la legalidad no puede convertirse en un acto de fe.

La fe pertenece a las iglesias. A las administraciones públicas les corresponde otra cosa: explicar. Convencer. Rendir cuentas.

Lo preocupante no es que haya periodistas, ciudadanos o usuarios de redes sociales que hagan preguntas. Lo preocupante es que se pretenda convertir esas preguntas en una forma de persecución. Como si fiscalizar al poder fuese una falta de respeto y no una obligación democrática.

Tan preocupante como eso resulta el papel de una oposición que, salvo contadas excepciones, está ofreciendo una respuesta demasiado discreta para la magnitud del debate. Es cierto que dispone de menos medios y menos recursos que quien gobierna, pero esa desventaja no puede justificar una fiscalización tan débil. Quien se presenta a unas elecciones también asume el compromiso de controlar al gobierno, de pedir explicaciones y de representar a quienes esperan una oposición vigilante, no resignada.

Las casualidades, por sí solas, no prueban nada. Pero tampoco obligan a dejar de pensar. Cuando los hechos públicos generan dudas razonables, lo inteligente no es pedir un acto de fe. Lo inteligente es ofrecer explicaciones.

Porque gobernar no consiste en pedir confianza ciega. Consiste en merecerla.

Y si cada vez que alguien pregunta la respuesta es, en el fondo, "a usted no le incumbe", quizá convenga recordar algo muy sencillo.

Cuando se trata del dinero público, sí nos incumbe.

Y mucho.

viernes, 27 de junio de 2025

Sin pisar a nadie

"Tengo la esperanza de ver a Don Juan Gómez Fernández recogiendo su merecido reconocimiento en el Teatro Pedro Muñoz Seca de manos del alcalde de El Puerto Germán Beardo"

   Fue en el último curso de una bonita etapa de EGB en el colegio público Pinar Hondo, concretamente en la vuelta del viaje de fin de curso cuando un señor, mi tutor durante el último ciclo me marcó con una frase: "en la vida hay que ser ambicioso, luchar por ser los mejores, pero sin pisar a nadie". Fue tutor y amigo, promovió la afición y la práctica al baloncesto en el colegio y nos inculcó valores sociales, personales, culturales, deportivos, dignos de un buen maestro, un buen padre y una gran persona. 
   



   Desconozco si aquella frase iba dirigida a mi persona o simplemente, era un pensamiento en voz alta dirigida hacia sí mismo, ya que me acerqué a él cuando, alejado de todos los estudiantes y profesores, paseaba por el aparcamiento de una venta. Digo esto, porque unos meses después de aquella anécdota en la explanada de aquella venta a la vuelta de aquel viaje de fin de curso a Madrid, este maestro de sociales e historia, aparecía en las listas electorales para las municipales con un partido nuevo, Independientes Portuenses.


   No pisó a nadie. Cedió cuando hubo que ceder, se marchó cuando todo se enturbió y regresó cuando había que reflotar una idea de verdad, un proyecto inicial hundido y manchado por la corrupción y se hasta se manifestó por el patrimonio natural portuense cuando había que hacerlo y contra su propio partido. “No más Arboledas perdidas”.


   No es mi pretensión llevar a cabo un recorrido político de los gobiernos de IP, pero sí quiero hacer un destacado en mayúsculas, en negrita y cursiva. En cultura dejó un legado importante, de hecho, a día de hoy el festival de comedias Pedro Muñoz Seca sigue en pie y aún se celebra cada verano. No es lo único. Hoy día, en la calle larga, los portuenses pueden seguir disfrutando del Centro Cultural Alfonso X el sabio, dignificó el área de cultura y educación con la rehabilitación de un edificio majestuoso en la Plaza del Ave María, el edificio principal de “san Luis Gonzaza”, donde además se encuentra el magnífico Archivo Histórico que tiene y mantiene El Puerto de Santa María. Y me quedaría corto con citar todo esto y no recordar también que con su gestión se obtuvo la propiedad de la casa de la cultura y que arrancó a la Junta de Andalucía el acuerdo para construir el actual teatro municipal “Pedro Muñoz Seca”. También gestionó educación y puso en marcha diferentes talleres educativos, fomentó la lucha contra el absentismo escolar y ayudó a que se abrieran nuevos centros educativos y formativos en nuestra ciudad.


   Son muy pocas líneas para expresar lo que D. Juan, mi profe de sociales, hizo en su etapa como gestor municipal, también muy pocas para destacar su continua formación y su activismo cultural en diferentes asociaciones y mediante la autoría y publicación de investigaciones sobre educación en diferentes etapas de la historia de El Puerto, conferencias, etc.


   Su sacrificio familiar, personal y todo ese trabajo desarrollado en su ciudad merecen un reconocimiento municipal digno. No es una plaza, ni una calle, se merece la medalla de esta ciudad o el nombramiento como hijo predilecto, porque ha sido un gran profesor, un político honrado y honesto y porque es una gran persona, su legado todavía perdura y ha demostrado ser un gran portuense.

   Tengo la esperanza de ver a Don Juan Gómez Fernández recogiendo su merecido reconocimiento en el Teatro Pedro Muñoz Seca de manos del actual alcalde, porque todo lo que consiguió lo hizo “sin pisar a nadie”.